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¿Cómo hacerle entender a tu niño que pegar no está bien?

Para ponerle límites a un niño que suele pegar o morder, primero hay que saber que es lo que lo induce a portarse así. Según cual sea la motivación, la estrategia cambia. Eso si, más que aplicar fórmulas mágicas infalibles, de lo que se trata es de utilizar el sentido común y armarse de paciencia.

A los dos años, los chicos están inmersos en la llamada edad de las rabietas, y esto significa que sus estado de ánimo es muy voluble. En esta fase, se enojan y enfurecen enseguida cuando no consiguen lo que quieren, ya sea por culpa de otros o por sus propias limitaciones.

Como todavía tienen dificultades para comunicarse con fluidez, no es extraño que utilicen manos, uñas y dientes para manifestar su enojo a los demás. No se debe reprimir los sentimientos de ira o frustración. Lo que sí hay que hacer es censurar esa manera inadecuada de expresarlos.

Algunas agresiones se pueden prevenir fácilmente. Si notamos que el niño está realmente enojado o a punto de atacar, no esperemos a que comience a los golpes para actuar. Antes tendríamos que ayudarlo para que se calme, restándole importancia al asunto y procurando distraerlo con otra cosa. Otro caso es cuando los niños se dan cuenta que sus agresiones son un medio eficaz para llamar la atención.

Los chicos de dos años son egocéntricos por naturaleza y disfrutan sintiéndose el eje de las miradas. ¿Y que mejor forma que agrediendo a otro niño? Si sospechamos que nuestro hijo está buscando notoriedad al agredir, lo que habría que hacer es justo lo contrario a lo que espera. Si vuelve a golpear debemos procurar ignorarlo y desviar todo el interés hacia el otro niño.

Por el contrario amenazándolo o retándolo, él vería cumplido su objetivo y nosotros estaríamos reforzando aquello que pretendemos evitar. En algunos casos puede ser que el pequeño se sienta desatendido y esa actitud sea una forma de reclamar mayor cuidado y dedicación. En estos casos siempre se debe responder a esa demanda, ya sea, jugando con el, dándole muestras de cariño entre otras cosas, pero no como respuesta a sus agresiones sino en cualquier otro momento del día.

Cómo actuar

Siempre que el niño haga daño, los padres deben dejar en claro que no toleran esa reacción.

  • Inmediatez, Cuanto mas pequeño sea, más importante es llamarle la atención en el acto. Es absurdo retarlos diez minutos después de la agresión.
  • Claridad, Hay que ser breves y no irse por las ramas. Lo ideal es un rotundo: “no quiero que vuelvas a pegar”.
  • Firmeza, No hace falta gritar ni perder los estribos. Basta con mostrarse serios y convencidos de lo que decimos. Si en el fondo nos hace gracia su comportamiento, el mensaje es equívoco.
  • Coherencia, Por muy mal que se porte, no le demos nunca un golpe. Hay cientos de razones en contra; una de ellas es que no tiene sentido pegarle para enseñarle que no debe pegar.
  • Constancia, Retarlo de vez en cuando no sirve de nada. Al contrario, genera confusión. Cada vez que vuelva a agredir y tantas veces como sea necesario se le debe repetir la misma idea: “No debes pegar”

El hijo único.

Muchos son los tópicos que pesan sobre la idea de tener un hijo único: será un mimado, mandón, consentido, etc. Pero en realidad la experiencia del hijo único tiene sus riesgos y sus ventajas, y su evolución, como la de cualquier otro niño, depende de la educación que le demos nosotros, los padres.

Y son los padres los que debemos vigilar el no exagerar algunos comportamientos o algunas reacciones para evitar esas actitudes tópicas que, erróneamente, se han asociado al hijo único.

El riesgo más común es que esa atención exclusiva que podemos prestarle a nuestro hijo se transforme en una actitud sobre protectora. Hay muchas maneras de evitarlo.

El principal riesgo que tienen los padres de un hijo único es caer en el exceso de atención. Pero cuidado. No estamos hablando de ese tipo de atención que proporciona al niño seguridad, estabilidad, confianza en sí mismo, autoestima y capacidad para desarrollarse correctamente.

Estamos hablando de ese exceso de atención que va ligada al miedo por parte de los padres a que a su hijo le suceda algo malo, de esa atención que puede transformase rápidamente en una actitud sobre protectora.

A continuación te señalamos algunas situaciones en las que debes poner atención y algunos comportamientos que deberías evitar y/o vigilar y sus posibles alternativas.

  • Demasiada atención puede desencadenar en una preocupación excesiva y en un miedo exagerado a que al niño le pase algo. Debemos aprender a controlar el exceso de temor ya que podríamos transmitir ese miedo a nuestro hijo y no dejarle disfrutar de algunas actividades que podría vivir muy satisfactoriamente: irse de campamento, practicar deportes de aventura, etc.
  • La posibilidad de que el niño sea engreído, egocéntrico o consentido depende, en gran parte, de cómo nos dirijamos a él y cómo alabemos sus éxitos. Intentaremos no valorarlo de forma indiscriminada o gratuita, evitando frases como “eres el mejor”, “eres el más guapo” “eres el más inteligente”, sustituyéndolas por frases más realistas como: “¡Muy bien! Me ha gustado mucho el gol que has metido”, “te felicito por la nota que has sacado en el examen de matemáticas” o “tienes unos ojos preciosos”.
  • Al no vivir en la casa con otros niños de su edad, es muy posible que madure antes y desarrolle antes las habilidades adultas. Esto puede ser muy positivo, pero no debemos olvidar que se trata de un niño y que necesita compartir tiempo y espacio con otros niños de su edad. Para facilitarle el contacto con otros niños, podemos llevarle a la guardería cuanto antes, permitir que vaya a casa de sus amigos o que ellos vengan a nuestra casa a jugar, apuntarlo a excursiones, campamentos, deportes de equipo, etc.
  • Nuestro hijo, al no experimentar los roces y peleas típicas entre los hermanos (peleas por competencia, conflictos por no querer compartir, discusiones por disputarse la atención de los padres…), puede tener más dificultad para madurar emocionalmente.

Educar a nuestros hijos: una tarea diaria

Educar a los hijos no es una tarea fácil, y en función de la misma podemos condicionar su futuro de una forma clara. Los buenos modales son el complemento ideal a la educación escolar. Cada edad tiene su parcela educativa, aunque siempre debemos estar atentos al comportamiento de los pequeños. Ten en cuenta que una de la mejores recetas que podemos dar para tratar con los pequeños de la casa es la paciencia. Hay que ser muy pacientes, ya que las cosas no se aprenden en un solo día.
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